Hoy me di cuenta que hace muchos años que no me divierto. Es que cuando empezaba la adolescencia, empañado un poco por la experiencia de haber vivido entre los bosques a las afuera de Madrid, mi vida en Lima se caracterizaba por estar en la calle todo el día. ¿Dónde quedó la tradición de ir al parque con mis primos, casi todos los días? ¿Dónde quedaron las visitas al heladero de D'Onofrio, al chino de la esquina, al Santa Isabel recién inagurado, al techo a pasar tardes enteras tirando globos a la gente que pasaba? Todos los sábados mi prima Lero se quedaba a dormir en casa, nos levantábamos temprano el domingo, agarrábamos los patines, nos íbamos a comprar pan a La Baguette (el antiguo local, en las primeras cuadras de Libertadores) y pasábamos la mañana viendo películas con rosetas mixtas calientes frente a nosotros. Nada nos preocupaba, nada nos atormentaba y, sobretodo, nada nos estresaba. Fueron las épocas más felices de mi vida.
El tiempo, sin embargo, pasó. Nos hemos convertido (a muy temprana edad, por cierto) en trabajadores responsables, en funcionarios de la sociedad y llevamos sobre nuestros hombros la responsabilidad de convertirnos, dentro de poco, en los encargados de llevar al país adelante. Eso nos depara la sociedad: tenemos que prepararnos. Por eso nos hemos olvidado de la bicicleta, los patines, las rosetas y los domingos que pasamos sin que nada ni nadie se haya atrevido a decirnos nada. Por eso hoy, que desempolvé mi bicicleta (intentar ponerme los viejos patines hubiese sido una tarea imposible) y me lancé por las calles intentando mantener el equilibrio volví a sentir esa adrenalina de felicidad que no sentía hacía mucho tiempo. Ahí fue que noté que hacía mucho tiempo que no sentía el viento pegándome en la cara.
Me he prometido hacerlo más seguido. Me he prometido dejarme llevar por los impulsos que tenía de niño y no dejar que el trabajo, el tiempo, los horarios y la rutina me obliguen a perder algo que nunca debí olvidar. Me he prometido ser irresponsable de vez en cuando. Me he prometido visitar a Lero y a Adrián, de 11 años, y verlos andar en bicicleta yendo a comprar las rosetas más calientes que el trabajador de La Baguette les pueda vender.
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1 comentario:
Chanchito, ojalá te tomaras en serio lo de ser irresponsable de vez en cuando.
Saca ése niño maravilloso que tienes dentro y pórtate mal...suena raro que te lo diga yo no? Te quiero mucho Chari
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