viernes, 14 de marzo de 2008

La visión de los runners desde el punto de vista de un no-runner

Tengo que confesar que jamás he tenido la suerte de ser partícipe de las congregaciones de corredores a inimaginables horas de la madrugada; jamás he podido ser parte de tales cónclaves, de esas almas frescas en un cielo que aún no se atreve a amanecer, de los hombres y mujeres inmersos entre la neblina gris de nuestra ciudad, de esos runners, profesionales y amateurs, grandes y chicos, gruesos y delgados, pero, por sobre todas las cosas, amantes de ese gran deporte que tienen la disparatada, brillante y avezada idea de juntarse, todos los días, sin excepción, a diez para las seis de la madrugada para empezar el día con el mejor pie que el sudor, las ganas, la perseverancia y la adrenalina les pueda entregar.

Y mi verdadera resignación parte de una realidad netamente técnica y numérica: no me alcanzan las horas de sueño. Dios, o mis padres en todo caso, porque hace tiempo que me considero no creyente, me crearon con una característica útil en algunos casos y totalmente nula para otros: funciono mejor de noche. No sé si tendrá un anclaje astrológico (algo así como una extraña alineaciones de los planetas y las estrellas que vuelven las energías de mi lado después de la partida del sol) o tenga una razón genética o simplemente sea cómo soy (sorpresivamente, empiezo a inclinarme por la tercera opción). Por eso mismo, el clímax de productividad me encuentra cuando muchos otros ya están cerrando sus oficinas y apagando sus computadoras. No deja de ser normal que llegue a mi oficina a eso de las ocho u ocho y media de la noche, cuando todos los demás van saliendo y me ven con cara de desadaptado; Domingo, el portero del edificio de mi oficina, es un fiel y leal testigo de esta condición.

Esa es la razón primordial por la que jamás he podido abrir el ojo a tan temprana hora (en realidad, ambos ojos, porque con uno no creo que vaya a ser muy efectiva mi deportividad). Sí, es la mejor hora para correr, estoy seguro; sí, es el momento del día en que las toxinas que matan nuestros pulmones y, lenta e indefectiblemente, nuestra tierra, tienen el menor perjuicio, no me queda duda; sí, alguien que comienza el día moviendo el esqueleto aumenta desproporcionalmente su salud, su estado mental y, evidentemente, lleva una mejor calidad de vida. No hay ningún argumento que pueda siquiera herir todos los otros que médica o científicamente han probado los diversos y múltiples beneficios de ese magnífico deporte.

Sin embargo, junto a la honestidad que demuestro cuando halago todo lo bueno que tiene el deporte en general y el running en particular, he de ser igualmente honesto cuando no me queda más remedio que admitir que probablemente nunca sea un runner. La rutina me ha dado muy pocas horas para dedicarlas al deporte, la genética (o la astrología, en su defecto) me han dado ese terrible desorden de horario que me hace vivir como en un interminable jet lag, y los pocos años que he vivido me han dado un inestimable amor por el comer, pero ese comer bien, ese que, dependiendo de qué es lo que estás devorando y más importante, con quién es que lo haces, mágicamente se disfruta mucho más.

Quién sabe. Tal vez algún día lo logre y me encuentre, en unos meses o en unos anos, contando sobre cómo lo logré, sobre cómo vencí las rutinas y opté por vivir una vida sana y mucho más aprovechable. Prometo intentarlo. Sería, estoy seguro, una excelente continuación de este artículo.

martes, 12 de febrero de 2008

Seguiremos buscando

Tengo que reconocer que no me pierdo la columna de Jaime Bayly en el Diario Correo todos los lunes. No es que tenga la capacidad rutinaria que entrar semanalmente a la página web a leer lo que ha escrito, pero después de cierto tiempo, curioseo en Internet sus últimas columnas. Y es que nunca he conocido a un escritor que escriba tremendas banalidades y me enganche tanto al leerlas. La verdad es que me gustaría poder escribir así. Pero como no puedo, pues me contento con estas humildes líneas que escribo en algo que intenta ser un blog y que hace su esfuerzo por actualizarse cada ciertos días. "Para no oxidarme", explico como un modo de excusar este vicio que le he agarrado a escribir.

Pero en realidad no siempre fue así. He tenido encontrones bastante frustrantes con el arte. El primero de estos fue porque en mi familia conservamos una reproducción de un cuadro de Frida Kahlo, uno de sus tanto autorretratos. En él, al pie del mismo, se lee, a medias tintas, y disculpen mi mala memoria, algo así: Pinté mi autorretrato no sé qué día para no sé qué doctor, gran amigo y colaborador en éstos últimos años. Es una dedicatoria bastante simple, pero a mí, a los 6 años, me había parecido fascinante. Por eso fue que me encerré en mi cuarto una tarde, agarré una hoja de papel y dibujé ahí un cielo gris con lápiz y una estrella pequeña en el medio del papel. Luego, en la columna superior derecha, escribí, a medias tintas, algo así: Pinté mi autorretrato no sé que día de 1991 para mis padres. No había más que decir, ese día había nacido un nuevo pintor. Corrí escaleras abajo a enseñarle el dibujo a mi padre. Él lo miró, sonrió y, mientras leía la inscripción, puso una cara de extrañeza. "Está muy bonito", me dijo. "Pero, ¿sabes lo que es un autorretrato?" Me quedé pensando y, no fue luego de algunos instantes, eternos, por cierto, que caía en la cuenta de la tremenda estupidez que había cometido. No había entendido, hasta ese punto de mi corta vida, la definición de simbolismo. Ahí terminó todo mi vínculo con el arte.

O sea que supuse que sería mejor pasar a otra expresión artística. ¡Qué mejor que la escritura! Pasaron algunos años y recordé que había escrito un cuento en primer grado sobre un soldado valiente al que había decidido llamarlo nada más y nada menos que "Solvalíén". (Es que la creatividad brotaba de mis entrañas). Decidí buscar entre mis miles de cuadernos viejos el maldito cuento que, estaba seguro, probaría mi prematura vocación para las letras. Por supuesto que no lo encontré. Pasaron otros años más, y otras mudanzas más (no sé si lo había comentado, pero nos mudamos tres veces de país y cinco veces de casa en siete años) hasta que, un día, de coincidencia, encontré "Solvalién" y recordé aquella tarde en la que había intentado encontrarla sin éxito. No quedaba más, me senté y la leí. El tremendo fiasco tenía seis líneas, quince errores gramaticales y cero sentido de coherencia. Tenía siete años cuando la escribí, lo sé, pero el punto, justamente, es que estaba intentando probar mi prematura vocación para la escritura. Una vez más, descartada. Las letras, definitivamente, no eran lo mío.

No nos explayemos que, la verdad, me aburre. Si la hacemos corta no se sorprenderán cuando les diga que lo mismo ocurrió con la fotografía, el canto, la dramaturgia, la actuación y el tap. Menos mal nunca intenté bailar, ustedes entenderán las razones. Todo lo demás, sin duda, será material para una próxima entrega. Por ahora, seguiremos buscando.

domingo, 10 de febrero de 2008

¿Bicicleteando?

Hoy me di cuenta que hace muchos años que no me divierto. Es que cuando empezaba la adolescencia, empañado un poco por la experiencia de haber vivido entre los bosques a las afuera de Madrid, mi vida en Lima se caracterizaba por estar en la calle todo el día. ¿Dónde quedó la tradición de ir al parque con mis primos, casi todos los días? ¿Dónde quedaron las visitas al heladero de D'Onofrio, al chino de la esquina, al Santa Isabel recién inagurado, al techo a pasar tardes enteras tirando globos a la gente que pasaba? Todos los sábados mi prima Lero se quedaba a dormir en casa, nos levantábamos temprano el domingo, agarrábamos los patines, nos íbamos a comprar pan a La Baguette (el antiguo local, en las primeras cuadras de Libertadores) y pasábamos la mañana viendo películas con rosetas mixtas calientes frente a nosotros. Nada nos preocupaba, nada nos atormentaba y, sobretodo, nada nos estresaba. Fueron las épocas más felices de mi vida.

El tiempo, sin embargo, pasó. Nos hemos convertido (a muy temprana edad, por cierto) en trabajadores responsables, en funcionarios de la sociedad y llevamos sobre nuestros hombros la responsabilidad de convertirnos, dentro de poco, en los encargados de llevar al país adelante. Eso nos depara la sociedad: tenemos que prepararnos. Por eso nos hemos olvidado de la bicicleta, los patines, las rosetas y los domingos que pasamos sin que nada ni nadie se haya atrevido a decirnos nada. Por eso hoy, que desempolvé mi bicicleta (intentar ponerme los viejos patines hubiese sido una tarea imposible) y me lancé por las calles intentando mantener el equilibrio volví a sentir esa adrenalina de felicidad que no sentía hacía mucho tiempo. Ahí fue que noté que hacía mucho tiempo que no sentía el viento pegándome en la cara.

Me he prometido hacerlo más seguido. Me he prometido dejarme llevar por los impulsos que tenía de niño y no dejar que el trabajo, el tiempo, los horarios y la rutina me obliguen a perder algo que nunca debí olvidar. Me he prometido ser irresponsable de vez en cuando. Me he prometido visitar a Lero y a Adrián, de 11 años, y verlos andar en bicicleta yendo a comprar las rosetas más calientes que el trabajador de La Baguette les pueda vender.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Prohibido orinar

Viernes. Dos y cincuenta y nueve de la tarde. Llegamos a un apagado y sucio hipódromo, otrora escenario donde cientos de aficionados a las apuestas equinas se debatían durantes horas apostando a la suerte, la sabiduría y la lógica de las probabilidades. Hoy, sin embargo, el Hipódromo de Monterrico luce decaído y demasiado lejano de lo que alguna vez fue. Un centenar de sexagenarios se pasean perdidos por enormes espacios alguna vez lujosos. Algunos se desplazan lentamente hacia las tribunas, otros hacia las ventanillas (las treinta que hay, aunque sólo funcionen cinco), otros hacia un kiosko improvisado que rompe con la elegancia que alguna vez tuvo este espacio. Todos, absolutamente todos, parecen haberse quedado en los sesentas y hoy se cubren de un pesado velo de soledad. La majestuosidad arquitectónica ha cedido el paso a la mediocridad y a la decadencia, simbolizada por un cartel en rojo subiendo las escaleras que dice: “Prohibido orinar”. Los charcos de urea que tenemos que esquivar nos anuncia que el aviso no cumplió con su objetivo.

Entre los aficionados que se sientan en las improvisadas tribunas que alguna vez lucieron vivamente verdes y hoy no son más que un amasijo de maderas despintadas sujetadas por tornillos oxidados de dudosa efectividad, Raúl Fermín Mesones Fernández se sienta impecable con sus lentes gruesos leyendo la cartilla de información de las carreras de ese día y unos binoculares cuelgan de su cuello. Él también parece perdido en el tiempo, mucho más pulcro que el resto de los aficionados que están ahí (todos jubilados, presiento). Tiene una camisa color crema que está perfectamente metida en su pantalón del mismo color. El pelo engominado y tirado completamente para atrás le dan un aire de Humphrey Bogart, sumado a un sombrero que lo espera inexorablemente al lado de él. Ha llegado hace una hora, ha cumplido la rutina que cumple desde que viene al hipódromo, casi todos los domingos de los últimos treinta y cinco años. Compra la cartilla de información en la puerta, se sienta en la misma fila de butacas y va marcando con su lapicero las apuestas que haría; lo más impresionante de Don Raúl es que él nunca apuesta ni un sol. “Hace muchos años que dejé de apostar”, me dice. No me da razones y no quiero incomodarlo con mis preguntas. Se nota que es una persona de pocas palabras.

Es la primera vez que entro al hipódromo y la adrenalina de recién llegado no me permite dejar de apostar al menos una vez. Lo intento, pago dos soles a ganador en primer y segundo puesto. Escojo arbitrariamente a dos caballos (todos los números y la terminología extraña que hay en la cartilla de información que compramos en la puerta está de más para un inexperto e ignorante en estos temas como yo). “Carlos Quinto y Yerbero a ganador” le digo a la señora de la ventanilla. “¿Cómo que a ganador?”, me responde. “Pues eso, que apuesto un sol a que Carlos Quinto queda primero y Yerbero queda segundo”. La señora se me queda mirando, suelta un resoplido y digita unos números que arrojan un ticket electrónico, le pago, me lo entrega y me voy. Aún no sé si la señora me entendió.

Me siento nuevamente cerca de Don Raúl. “Mi primera apuesta”, le digo. Se queda impávido, sigue mirando su cartilla de información. Debo reconocer que estoy algo ansioso, me siento como si estuviera mirando un partido de fútbol, aunque no sé si debo emocionarme o gritar o simplemente quedarme callado. Se anuncia por el altoparlante el inicio de la carrera y veo cómo los caballos se preparan al lado opuesto de la pista. Don Raúl levanta la mirada por primera vez y agarra sus binoculares. Los caballos parten. La mayoría de los aficionados se acomodan en las butacas. Las distancias entre los jinetes se va alargando mientras que entran a la curva. Don Raúl los sigue con sus binoculares. Se van acercando rápidamente a la meta. De pronto, todo el hipódromo, menos Don Raúl, grita, alienta a sus caballos, me uno a ellos, digo lisuras, diviso a uno de mis caballos que pasa al segundo, se acerca al primer puesto, todos gritan, todos animan mientras que los jinetes pasan la meta.

“Creo que gané”, le digo a Don Raúl que ha vuelto a ponerse los lentes y mira su cartilla de información. No me responde. Nos quedamos callados por un momento mientras esperamos los resultados oficiales. Me doy cuenta que estaba equivocado, Carlos Quinto llegó segundo, no primero como había esperado. No sé si Don Raúl habrá acertado correctamente. “En el hipódromo no se dicen lisuras”, me dice. Sólo atino a disculparme.

El grupo con el que vine me hace una seña para irnos. Me despido de Don Raúl y no me sorprende que ni levante la mirada. Al salir, nos detenemos por un momento en la boletería para intentar cobrar un probable premio. Mientras enfilamos hacia la puerta, veo que Don Raúl camina delante de nosotros. Lentamente esquiva los charcos de urea que adornan las escaleras de entrada. “Malditos cochinos”, dice.

domingo, 19 de agosto de 2007

Time vs. Bush

A partir del artículo publicado por Scriptor.org, hice la siguiente aproximación:

Tiene razón el autor del artículo en cuestión. Por un lado, queda claro que, al hablar de personas influyentes, hablamos tanto de aquellos que tuvieron una influencia positiva en la sociedad como aquellos que tuvieron una negativa. Elvis Presley influyó tanto en el mundo como lo hizo Hitler (uno a favor del rock and roll y el otro a favor de la creación de la raza perfecta a través de la matanza de miles de judíos).

Por otro lado, hoy en día pareciera que ser anti-Bush automáticamente te convierte en pro-Chávez (y vice versa) aunque creo que una cosa no tiene nada que ver con la otra. Tal vez Time no excluyó a Bush de la lista por una cuestión de llamar la atención o marcar algún tipo de tendencia, sino todo lo contrario. Tal vez evitaron ser catalogados como un anunciante o un propagandista de Bush así eludiendo cualquier referencia a sus acciones como gobernante.

Uno es libre de estar de acuerdo o en desacuerdo con quien le parezca, pero no podemos alejarnos de la realidad cuasi científica que arroja una influencia inevitable en estas épocas en las que vivimos.

viernes, 20 de julio de 2007

La realidad pirata latinoamericana

Es utópico pensar que algún día podremos ver el mundo como era antes. La sociedad, la industria, los negocios, la política y la cultura cambian constantemente. Lo que antes se hacía, hoy es obsoleto; la globalización no es más que un sinfín de posibilidades mediáticas que requiere un constante cambio. Por eso la piratería fonográfica parte de la misma premisa: la sociedad no dejará que la industria vuelva a hacer lo que era antes. Se tiene que reinventar; se tiene que ir a la esencia y partir de nuevo. Con nuevas bases, con nuevas propuestas, acorde al mundo en que vivimos hoy en día.

En definitiva, todo es parte de una estrategia comercial. Nadie se pregunta por qué las tiendas de grandes almacenes gastan millones en contratar a exitosas modelos que se convierten en la cara de una tienda que, dentro, vende ropa japonesa y china que, definitivamente, es más barata de lo que en realidad venden estas modelos. Por eso hoy te gastas en Ripley lo que ayer gastabas en Gamarra. Y es que esa estrategia de mercadeo es totalmente válida, pero en la producción fonográfica no se puede hacer lo mismo porque las manifestaciones artísticas requieren una creación mucho más elaborada, por eso es imposible bajarle el precio. Sin embargo, el consumidor medio cae en un desconcierto cuando ve la diferencia de precios entre un disco compacto pirata y uno legal. Luego, la incredulidad lo ahonda y, más tarde, cae en la indiferencia. En ese momento nace el problema social; aquél que no conoce de derechos de autor, de creaciones artísticas, de autorías, ni de producciones. Aquél que le importa más su bolsillo antes una oferta tan tentadora.

Está claro que todo país se basa en una cultura que, a su vez, se basa en el respeto hacia los demás. La propiedad intelectual no escapa de esa realidad. El cambio no está en el control hacia las aduanas, ni hacia las importaciones, ni hacia los fabricantes. Para hacer un cambio tenemos que concientizar, enseñar y educar que la piratería fonográfica o de cualquier otro tipo es un problema social. Sin embargo, hay que ser pragmáticos, ¿cómo podemos suponer que en un país donde ni siquiera se respetan las reglas de tránsito, se va a respetar el derecho intelectual?

¿Cuánto está ese?

Lunes, cinco de la mañana. La muchedumbre que adorna las calles de la Parada aparentan ser cuerpos inertes que se mueven a una velocidad pausada, como zombies en un mundo imaginario, todos con una meta en común: trabajar. Algunos de ellos compran fruta para vender en los mejores distritos de Lima, otros compran lapiceros, otros juguetes; existen los que se dedican a vender el mismo producto en las calles, otros van variando, se cansan de vender lo mismo, ofrecen lo que encuentran. Entre ellos, escondido entre la gama de grises que adornan el interminable espacio, camina Francisco Gutiérrez, un hombre de 43 años que, como todos los días y como todos los demás, empieza su jornada laboral en la Parada comprando discos compactos que venderá a lo largo del día en la esquina de siempre: Paseo de la República y Aramburú.

“Hace diez años que estoy acá, siempre en lo mismo; además que esta esquina es la voz pues, acá pasan todos los pitucos en su carro y cuando miran la música que tengo, al toque me compran y la meten a su equipo de música (…) la gente nunca va a dejar de escuchar música, por eso es que este negocio sí vale…” Nos explica que este negocio sí es rentable, por eso siempre vende lo mismo. “Yo ya conozco lo que le gusta a la gente, mi buen carnal”. Sin embargo, al preguntarle si es que ha escuchado alguno de ellos, nos dice que no, que él no gana plata escuchándolo, sino vendiéndolo.

Así como Francisco, miles de vendedores ambulantes se dedican a ofrecer al consumidor decenas de discos de la música actual, la que sale en las radios, la que no se vende en las tiendas legales por costar 1,000% más que las que ofrecen Francisco y sus compatriotas, a quien muchos acusan de ser los causantes de tirarse abajo la industria fonográfica y cinematográfica. “Se equivocan”, nos dice Francisco. “Acá de vez en cuando viene Serenazgo y nos quita lo que nosotros vendemos… abusivos son, no nos dejan trabajar”. Pero Francisco alega que ellos no están haciendo nada malo. “Ya nos han dicho que esto es ilegal, que nos pueden meter a la cárcel, pero nadie nos va a meter a la cárcel porque primero tienen que meter a la cárcel a los que hacen los discos, pues”.

Francisco no sabe nada ni ha visto nada; él le compra los discos a una persona que a su vez se lo compra a otra y a otra y a otra, lo cual hace casi imposible encontrar al último culpable, al verdadero distribuidor, al magnate (uno sólo) que se está haciendo millonario con esta industria destruida. Al preguntarle a Francisco sobre esta destrucción, él responde: “pero si esos artistas tienen mucha plata, hasta les sobra… ¿por qué no nos dejan trabajar a nosotros también?” Razón no le falta, respuesta facilista, pero válida desde el punto de vista de nuestro trabajador.

Y así seguirán todos: los que venden, los que fabrican, los que de algún modo ayudan a combatirlo, los que detienen, los que confiscan y a los que les provoca, de pronto, escuchar música cuando van en su auto en el cruce de Paseo de la República con Aramburú y deciden, sin mayor precedente, bajar la luna… “¿cuánto está ese?”