domingo, 9 de diciembre de 2007

Prohibido orinar

Viernes. Dos y cincuenta y nueve de la tarde. Llegamos a un apagado y sucio hipódromo, otrora escenario donde cientos de aficionados a las apuestas equinas se debatían durantes horas apostando a la suerte, la sabiduría y la lógica de las probabilidades. Hoy, sin embargo, el Hipódromo de Monterrico luce decaído y demasiado lejano de lo que alguna vez fue. Un centenar de sexagenarios se pasean perdidos por enormes espacios alguna vez lujosos. Algunos se desplazan lentamente hacia las tribunas, otros hacia las ventanillas (las treinta que hay, aunque sólo funcionen cinco), otros hacia un kiosko improvisado que rompe con la elegancia que alguna vez tuvo este espacio. Todos, absolutamente todos, parecen haberse quedado en los sesentas y hoy se cubren de un pesado velo de soledad. La majestuosidad arquitectónica ha cedido el paso a la mediocridad y a la decadencia, simbolizada por un cartel en rojo subiendo las escaleras que dice: “Prohibido orinar”. Los charcos de urea que tenemos que esquivar nos anuncia que el aviso no cumplió con su objetivo.

Entre los aficionados que se sientan en las improvisadas tribunas que alguna vez lucieron vivamente verdes y hoy no son más que un amasijo de maderas despintadas sujetadas por tornillos oxidados de dudosa efectividad, Raúl Fermín Mesones Fernández se sienta impecable con sus lentes gruesos leyendo la cartilla de información de las carreras de ese día y unos binoculares cuelgan de su cuello. Él también parece perdido en el tiempo, mucho más pulcro que el resto de los aficionados que están ahí (todos jubilados, presiento). Tiene una camisa color crema que está perfectamente metida en su pantalón del mismo color. El pelo engominado y tirado completamente para atrás le dan un aire de Humphrey Bogart, sumado a un sombrero que lo espera inexorablemente al lado de él. Ha llegado hace una hora, ha cumplido la rutina que cumple desde que viene al hipódromo, casi todos los domingos de los últimos treinta y cinco años. Compra la cartilla de información en la puerta, se sienta en la misma fila de butacas y va marcando con su lapicero las apuestas que haría; lo más impresionante de Don Raúl es que él nunca apuesta ni un sol. “Hace muchos años que dejé de apostar”, me dice. No me da razones y no quiero incomodarlo con mis preguntas. Se nota que es una persona de pocas palabras.

Es la primera vez que entro al hipódromo y la adrenalina de recién llegado no me permite dejar de apostar al menos una vez. Lo intento, pago dos soles a ganador en primer y segundo puesto. Escojo arbitrariamente a dos caballos (todos los números y la terminología extraña que hay en la cartilla de información que compramos en la puerta está de más para un inexperto e ignorante en estos temas como yo). “Carlos Quinto y Yerbero a ganador” le digo a la señora de la ventanilla. “¿Cómo que a ganador?”, me responde. “Pues eso, que apuesto un sol a que Carlos Quinto queda primero y Yerbero queda segundo”. La señora se me queda mirando, suelta un resoplido y digita unos números que arrojan un ticket electrónico, le pago, me lo entrega y me voy. Aún no sé si la señora me entendió.

Me siento nuevamente cerca de Don Raúl. “Mi primera apuesta”, le digo. Se queda impávido, sigue mirando su cartilla de información. Debo reconocer que estoy algo ansioso, me siento como si estuviera mirando un partido de fútbol, aunque no sé si debo emocionarme o gritar o simplemente quedarme callado. Se anuncia por el altoparlante el inicio de la carrera y veo cómo los caballos se preparan al lado opuesto de la pista. Don Raúl levanta la mirada por primera vez y agarra sus binoculares. Los caballos parten. La mayoría de los aficionados se acomodan en las butacas. Las distancias entre los jinetes se va alargando mientras que entran a la curva. Don Raúl los sigue con sus binoculares. Se van acercando rápidamente a la meta. De pronto, todo el hipódromo, menos Don Raúl, grita, alienta a sus caballos, me uno a ellos, digo lisuras, diviso a uno de mis caballos que pasa al segundo, se acerca al primer puesto, todos gritan, todos animan mientras que los jinetes pasan la meta.

“Creo que gané”, le digo a Don Raúl que ha vuelto a ponerse los lentes y mira su cartilla de información. No me responde. Nos quedamos callados por un momento mientras esperamos los resultados oficiales. Me doy cuenta que estaba equivocado, Carlos Quinto llegó segundo, no primero como había esperado. No sé si Don Raúl habrá acertado correctamente. “En el hipódromo no se dicen lisuras”, me dice. Sólo atino a disculparme.

El grupo con el que vine me hace una seña para irnos. Me despido de Don Raúl y no me sorprende que ni levante la mirada. Al salir, nos detenemos por un momento en la boletería para intentar cobrar un probable premio. Mientras enfilamos hacia la puerta, veo que Don Raúl camina delante de nosotros. Lentamente esquiva los charcos de urea que adornan las escaleras de entrada. “Malditos cochinos”, dice.