martes, 5 de junio de 2007

Cerrando el caso

Jennifer empieza diciéndole al policía que va a ser muy difícil olvidar lo que pasó ese día. “Recuerdo que fuimos al colegio, como siempre. Recuerdo también que ese día hacía mucho frío. Hacía tanto frío que me costó sacar las manos del bolsillo en el recreo. Recuerdo que no había hecho mi tarea de lengua. Recuerdo que se rompió la hebilla de mi zapato negro. Recuerdo que a Cecilia y a mí me castigaron sin salir a Educación Física por pasarnos notitas en clase.” Jennifer no deja de calentarse las manos con la falda de felpa que tiene puesta. Ella, a sus diecisiete años, está acompañada de sus padres para dar su testimonio sobre Cecilia, su mejor amiga, que fue encontrada sin vida en el Cerro San Cristóbal, semidesnuda, con claros rasgos de una violación y estrangulada con una soga de cometa. Cecilia fue la última persona que vio a Jennifer con vida, además de su asesino, claro.

Estos son los testimonios que invaden el tiempo de los agentes de la División de Criminalística de la Policía. Día tras día, ellos intentan resolver uno de los miles de crímenes sin solución que esperan que alguien tenga el tiempo de resolverlos. Damián Chupihua, de 33 años, ha ascendido a teniente más rápido de lo que generalmente se asciende en una división como ésta, donde el buen trabajo está mal visto y donde reinan los favores y las varas. “Creo que soy el único que llegó sin vara. Con pura chamba”.

El trabajo de Damián empieza poco después del amanecer, cuando sale de su casa con rumbo a ese edificio color melón colindante a la Av. Aramburú que tiene el honor de llamar su centro de trabajo. Ahí, junto con otros veinte efectivos (un escuadrón de detectives forenses que se han ganado el apodo de “los CSI bamba”), Damián pasa el día investigando todos los casos de asesinatos, suicidios, ajustes de cuenta y demás crímenes que día tras día llenan las páginas policiales de los diarios. “Intentamos cerrar uno o dos casos por semana, pero no siempre es fácil. Aunque así nos pide el jefe, y si el jefe pide que se cierre un caso esta semana, se tiene que cerrar”. Hasta ahora no sabemos quién es el jefe, y todavía no tenemos la confianza para preguntar.

Rápidamente, Damián se vuelve hacia el file del caso que está viendo esta semana. Se titula “Cecilia Huamán. 16 años. Asesinato y violación”. Así, a secas y con la frialdad propia de su trabajo porque “en este trabajo no nos podemos involucrar. Si te involucras, te friegas, hermano”.

El equipo de detectives de la División de Criminalística de la Policía debe seguir las instrucciones de el jefe y cuando éste dice que se tiene que cerrar, se tiene que cerrar. No para de repetírnoslo. Preguntamos puerilmente qué significa cerrar un caso y Damián nos responde como a niños en un colegio “Culpables, pues, hermano. La gente pide un culpable, así nomás se cierra un caso. Menos mal que la amiguita es mujer, que si fuese hombre ya le habríamos tirado el dedo encima, cerrábamos el caso y el jefe feliz”.

Nos imaginamos que, tal vez, Jennifer debió haberse quedado con sus padres en casa. De no haber sido una violación, seguramente no hubiese regresado al colegio al día siguiente. Se hubiese encontrado en la carceleta esperando a que el juez se pronuncie, algo que en nuestro burocrático sistema estatal puede tardar meses, o años.

Jennifer contó que Cecilia había terminado con su novio hacía unos días porque ella no quería tener relaciones sexuales. “A él tenemos que ir a buscar”, nos dice Damián. “Seguro que fue él”. Necesitan cerrar el caso, está claro. Sino, el jefe se puede molestar.

Intentamos imaginas los últimos momentos de Cecilia, que encontró la muerte a manos de un desconocido (o conocido). Tal vez Cecilia se encontró con su novio. Tal vez él la invitó a dar una vuelta, a escaparse un poco de la rutina, a recordar los momentos que habían vivido hasta hace unos días. Nada está claro. Lo único que nos sabemos es que, en ese momento, lo que hacía instantes le hacia cosquillas, ahora le arrancaba la piel.

“Vamos hermano, tenemos que salir”, me dice Damián apresurado. “Mis chacales ya encontraron al ex–novio y tengo que coordinar el arresto”. Salimos apresuradamente del lugar a encontrarnos con las camionetas de policía. Evidentemente, el detective no pierde tiempo al respecto. No lo va a citar, no lo va a interrogar. Claro, el jefe pidió que cierren el caso esta semana… y ya estamos jueves.