Tengo que reconocer que no me pierdo la columna de Jaime Bayly en el Diario Correo todos los lunes. No es que tenga la capacidad rutinaria que entrar semanalmente a la página web a leer lo que ha escrito, pero después de cierto tiempo, curioseo en Internet sus últimas columnas. Y es que nunca he conocido a un escritor que escriba tremendas banalidades y me enganche tanto al leerlas. La verdad es que me gustaría poder escribir así. Pero como no puedo, pues me contento con estas humildes líneas que escribo en algo que intenta ser un blog y que hace su esfuerzo por actualizarse cada ciertos días. "Para no oxidarme", explico como un modo de excusar este vicio que le he agarrado a escribir.
Pero en realidad no siempre fue así. He tenido encontrones bastante frustrantes con el arte. El primero de estos fue porque en mi familia conservamos una reproducción de un cuadro de Frida Kahlo, uno de sus tanto autorretratos. En él, al pie del mismo, se lee, a medias tintas, y disculpen mi mala memoria, algo así: Pinté mi autorretrato no sé qué día para no sé qué doctor, gran amigo y colaborador en éstos últimos años. Es una dedicatoria bastante simple, pero a mí, a los 6 años, me había parecido fascinante. Por eso fue que me encerré en mi cuarto una tarde, agarré una hoja de papel y dibujé ahí un cielo gris con lápiz y una estrella pequeña en el medio del papel. Luego, en la columna superior derecha, escribí, a medias tintas, algo así: Pinté mi autorretrato no sé que día de 1991 para mis padres. No había más que decir, ese día había nacido un nuevo pintor. Corrí escaleras abajo a enseñarle el dibujo a mi padre. Él lo miró, sonrió y, mientras leía la inscripción, puso una cara de extrañeza. "Está muy bonito", me dijo. "Pero, ¿sabes lo que es un autorretrato?" Me quedé pensando y, no fue luego de algunos instantes, eternos, por cierto, que caía en la cuenta de la tremenda estupidez que había cometido. No había entendido, hasta ese punto de mi corta vida, la definición de simbolismo. Ahí terminó todo mi vínculo con el arte.
O sea que supuse que sería mejor pasar a otra expresión artística. ¡Qué mejor que la escritura! Pasaron algunos años y recordé que había escrito un cuento en primer grado sobre un soldado valiente al que había decidido llamarlo nada más y nada menos que "Solvalíén". (Es que la creatividad brotaba de mis entrañas). Decidí buscar entre mis miles de cuadernos viejos el maldito cuento que, estaba seguro, probaría mi prematura vocación para las letras. Por supuesto que no lo encontré. Pasaron otros años más, y otras mudanzas más (no sé si lo había comentado, pero nos mudamos tres veces de país y cinco veces de casa en siete años) hasta que, un día, de coincidencia, encontré "Solvalién" y recordé aquella tarde en la que había intentado encontrarla sin éxito. No quedaba más, me senté y la leí. El tremendo fiasco tenía seis líneas, quince errores gramaticales y cero sentido de coherencia. Tenía siete años cuando la escribí, lo sé, pero el punto, justamente, es que estaba intentando probar mi prematura vocación para la escritura. Una vez más, descartada. Las letras, definitivamente, no eran lo mío.
No nos explayemos que, la verdad, me aburre. Si la hacemos corta no se sorprenderán cuando les diga que lo mismo ocurrió con la fotografía, el canto, la dramaturgia, la actuación y el tap. Menos mal nunca intenté bailar, ustedes entenderán las razones. Todo lo demás, sin duda, será material para una próxima entrega. Por ahora, seguiremos buscando.
martes, 12 de febrero de 2008
domingo, 10 de febrero de 2008
¿Bicicleteando?
Hoy me di cuenta que hace muchos años que no me divierto. Es que cuando empezaba la adolescencia, empañado un poco por la experiencia de haber vivido entre los bosques a las afuera de Madrid, mi vida en Lima se caracterizaba por estar en la calle todo el día. ¿Dónde quedó la tradición de ir al parque con mis primos, casi todos los días? ¿Dónde quedaron las visitas al heladero de D'Onofrio, al chino de la esquina, al Santa Isabel recién inagurado, al techo a pasar tardes enteras tirando globos a la gente que pasaba? Todos los sábados mi prima Lero se quedaba a dormir en casa, nos levantábamos temprano el domingo, agarrábamos los patines, nos íbamos a comprar pan a La Baguette (el antiguo local, en las primeras cuadras de Libertadores) y pasábamos la mañana viendo películas con rosetas mixtas calientes frente a nosotros. Nada nos preocupaba, nada nos atormentaba y, sobretodo, nada nos estresaba. Fueron las épocas más felices de mi vida.
El tiempo, sin embargo, pasó. Nos hemos convertido (a muy temprana edad, por cierto) en trabajadores responsables, en funcionarios de la sociedad y llevamos sobre nuestros hombros la responsabilidad de convertirnos, dentro de poco, en los encargados de llevar al país adelante. Eso nos depara la sociedad: tenemos que prepararnos. Por eso nos hemos olvidado de la bicicleta, los patines, las rosetas y los domingos que pasamos sin que nada ni nadie se haya atrevido a decirnos nada. Por eso hoy, que desempolvé mi bicicleta (intentar ponerme los viejos patines hubiese sido una tarea imposible) y me lancé por las calles intentando mantener el equilibrio volví a sentir esa adrenalina de felicidad que no sentía hacía mucho tiempo. Ahí fue que noté que hacía mucho tiempo que no sentía el viento pegándome en la cara.
Me he prometido hacerlo más seguido. Me he prometido dejarme llevar por los impulsos que tenía de niño y no dejar que el trabajo, el tiempo, los horarios y la rutina me obliguen a perder algo que nunca debí olvidar. Me he prometido ser irresponsable de vez en cuando. Me he prometido visitar a Lero y a Adrián, de 11 años, y verlos andar en bicicleta yendo a comprar las rosetas más calientes que el trabajador de La Baguette les pueda vender.
El tiempo, sin embargo, pasó. Nos hemos convertido (a muy temprana edad, por cierto) en trabajadores responsables, en funcionarios de la sociedad y llevamos sobre nuestros hombros la responsabilidad de convertirnos, dentro de poco, en los encargados de llevar al país adelante. Eso nos depara la sociedad: tenemos que prepararnos. Por eso nos hemos olvidado de la bicicleta, los patines, las rosetas y los domingos que pasamos sin que nada ni nadie se haya atrevido a decirnos nada. Por eso hoy, que desempolvé mi bicicleta (intentar ponerme los viejos patines hubiese sido una tarea imposible) y me lancé por las calles intentando mantener el equilibrio volví a sentir esa adrenalina de felicidad que no sentía hacía mucho tiempo. Ahí fue que noté que hacía mucho tiempo que no sentía el viento pegándome en la cara.
Me he prometido hacerlo más seguido. Me he prometido dejarme llevar por los impulsos que tenía de niño y no dejar que el trabajo, el tiempo, los horarios y la rutina me obliguen a perder algo que nunca debí olvidar. Me he prometido ser irresponsable de vez en cuando. Me he prometido visitar a Lero y a Adrián, de 11 años, y verlos andar en bicicleta yendo a comprar las rosetas más calientes que el trabajador de La Baguette les pueda vender.
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