viernes, 20 de julio de 2007

La realidad pirata latinoamericana

Es utópico pensar que algún día podremos ver el mundo como era antes. La sociedad, la industria, los negocios, la política y la cultura cambian constantemente. Lo que antes se hacía, hoy es obsoleto; la globalización no es más que un sinfín de posibilidades mediáticas que requiere un constante cambio. Por eso la piratería fonográfica parte de la misma premisa: la sociedad no dejará que la industria vuelva a hacer lo que era antes. Se tiene que reinventar; se tiene que ir a la esencia y partir de nuevo. Con nuevas bases, con nuevas propuestas, acorde al mundo en que vivimos hoy en día.

En definitiva, todo es parte de una estrategia comercial. Nadie se pregunta por qué las tiendas de grandes almacenes gastan millones en contratar a exitosas modelos que se convierten en la cara de una tienda que, dentro, vende ropa japonesa y china que, definitivamente, es más barata de lo que en realidad venden estas modelos. Por eso hoy te gastas en Ripley lo que ayer gastabas en Gamarra. Y es que esa estrategia de mercadeo es totalmente válida, pero en la producción fonográfica no se puede hacer lo mismo porque las manifestaciones artísticas requieren una creación mucho más elaborada, por eso es imposible bajarle el precio. Sin embargo, el consumidor medio cae en un desconcierto cuando ve la diferencia de precios entre un disco compacto pirata y uno legal. Luego, la incredulidad lo ahonda y, más tarde, cae en la indiferencia. En ese momento nace el problema social; aquél que no conoce de derechos de autor, de creaciones artísticas, de autorías, ni de producciones. Aquél que le importa más su bolsillo antes una oferta tan tentadora.

Está claro que todo país se basa en una cultura que, a su vez, se basa en el respeto hacia los demás. La propiedad intelectual no escapa de esa realidad. El cambio no está en el control hacia las aduanas, ni hacia las importaciones, ni hacia los fabricantes. Para hacer un cambio tenemos que concientizar, enseñar y educar que la piratería fonográfica o de cualquier otro tipo es un problema social. Sin embargo, hay que ser pragmáticos, ¿cómo podemos suponer que en un país donde ni siquiera se respetan las reglas de tránsito, se va a respetar el derecho intelectual?

¿Cuánto está ese?

Lunes, cinco de la mañana. La muchedumbre que adorna las calles de la Parada aparentan ser cuerpos inertes que se mueven a una velocidad pausada, como zombies en un mundo imaginario, todos con una meta en común: trabajar. Algunos de ellos compran fruta para vender en los mejores distritos de Lima, otros compran lapiceros, otros juguetes; existen los que se dedican a vender el mismo producto en las calles, otros van variando, se cansan de vender lo mismo, ofrecen lo que encuentran. Entre ellos, escondido entre la gama de grises que adornan el interminable espacio, camina Francisco Gutiérrez, un hombre de 43 años que, como todos los días y como todos los demás, empieza su jornada laboral en la Parada comprando discos compactos que venderá a lo largo del día en la esquina de siempre: Paseo de la República y Aramburú.

“Hace diez años que estoy acá, siempre en lo mismo; además que esta esquina es la voz pues, acá pasan todos los pitucos en su carro y cuando miran la música que tengo, al toque me compran y la meten a su equipo de música (…) la gente nunca va a dejar de escuchar música, por eso es que este negocio sí vale…” Nos explica que este negocio sí es rentable, por eso siempre vende lo mismo. “Yo ya conozco lo que le gusta a la gente, mi buen carnal”. Sin embargo, al preguntarle si es que ha escuchado alguno de ellos, nos dice que no, que él no gana plata escuchándolo, sino vendiéndolo.

Así como Francisco, miles de vendedores ambulantes se dedican a ofrecer al consumidor decenas de discos de la música actual, la que sale en las radios, la que no se vende en las tiendas legales por costar 1,000% más que las que ofrecen Francisco y sus compatriotas, a quien muchos acusan de ser los causantes de tirarse abajo la industria fonográfica y cinematográfica. “Se equivocan”, nos dice Francisco. “Acá de vez en cuando viene Serenazgo y nos quita lo que nosotros vendemos… abusivos son, no nos dejan trabajar”. Pero Francisco alega que ellos no están haciendo nada malo. “Ya nos han dicho que esto es ilegal, que nos pueden meter a la cárcel, pero nadie nos va a meter a la cárcel porque primero tienen que meter a la cárcel a los que hacen los discos, pues”.

Francisco no sabe nada ni ha visto nada; él le compra los discos a una persona que a su vez se lo compra a otra y a otra y a otra, lo cual hace casi imposible encontrar al último culpable, al verdadero distribuidor, al magnate (uno sólo) que se está haciendo millonario con esta industria destruida. Al preguntarle a Francisco sobre esta destrucción, él responde: “pero si esos artistas tienen mucha plata, hasta les sobra… ¿por qué no nos dejan trabajar a nosotros también?” Razón no le falta, respuesta facilista, pero válida desde el punto de vista de nuestro trabajador.

Y así seguirán todos: los que venden, los que fabrican, los que de algún modo ayudan a combatirlo, los que detienen, los que confiscan y a los que les provoca, de pronto, escuchar música cuando van en su auto en el cruce de Paseo de la República con Aramburú y deciden, sin mayor precedente, bajar la luna… “¿cuánto está ese?”