martes, 29 de mayo de 2007

Cuando sea grande

Ayer, durante el desalojo de los invasores del mercado de Santa Anita, observé con sorpresa la reacción de un niño de no más de diez años, que lloraba desolado llevando las pocas pertenencias que había podido recuperar mientras repetía una y otra vez: “Es injusto… esto es injusto”. Cuando se acercaron las cámaras y la reportera le hizo algunas preguntas indagatorias, el niño sólo alcanzó a decir: “…pero me voy a vengar. Cuando sea grande me voy a vengar”, y se fue caminando por la tierra llorando desconsolado, cargando dos baldes de agua y un colchón maltrecho cortado por la mitad esperando, tal vez, la anhelada venganza que justifique la espera de tantos años. “Cuando sea grande”, dice.

Estaría de más decir que ese niño probablemente durmió en la intemperie, no comió nada en todo el día y no tuvo otra opción que cubrirse con papel periódico para resguardarse del frío que, justamente anoche, fue excepcionalmente crudo. Seguro se quedó dormido mientras el viento imperturbable secaba sus lágrimas y aún maldecía entre dientes la realidad que le tocó vivir. Tal vez soñó con la venganza. Tal vez esta mañana despertó sin llorar y con el estómago vacío y se levantó y siguió caminando con los suyos, con los dos baldes, ahora vacíos, y el colchón maltrecho que anoche soportó su odio y sus sueños.

sábado, 26 de mayo de 2007

San Isidro: distrito ejemplar

Alguna vez retratada como una zona de chacras a las afueras de la ciudad y adornada por las haciendas de la oligarquía limeña y por los imponentes olivos que trajo don Antonio de Rivera allá por el año 1560 desde España, San Isidro se ha convertido, con el pasar de los años, en una mezcla entre el clarísimo testimonio de la elegancia de lo que antes fue la hoy casi inexistente oligarquía limeña y una comunidad empresarial y céntrica donde convergen la modernidad y el progreso.

Con ese mismo sentimiento de tradición, la Municipalidad de San Isidro ha lanzado, ya desde la anterior gestión, una clara campaña de fidelización y reconocimiento de sus vecinos. Después de un oscuro y malgastado mandato por el Dr. Gastón Barúa durante los últimos años de fujimorismo, el último alcalde edil empezó los cambios hacia una nueva realidad sanisidrina con el resurgimiento de áreas del distrito antes olvidadas.

Tal y como cuenta la señora del Carpio, que ha sido vecina de San Isidro durante toda su vida, jamás había visto el distrito tan seguro ni tan vistoso. Con el Plan Luciérnaga que integró el serenazgo con la Policía Nacional en un sistema de vigilancia constante las 24 horas del día con efectivos a pie, en bicicleta, en motos y en automóviles, la ola de delincuencia bajó considerablemente durante los cuatro años de la anterior gestión. A partir de entonces y como nunca, nos cuenta la vecina, se sintió tranquila dejando su casa sola.

Los números hablan por sí solos: en la página web de la municipalidad se muestra que la ola de delincuencia en los últimos cinco años se ha disminuido en cerca de un 42% comparada con las mismas de hace veinte. En poco tiempo, se ha logrado un sistema de seguridad efectivo que debería ser la envidia de otros distritos.

San Isidro, igualmente, es la puerta de bienvenida a los turistas que visitan nuestra ciudad, puesto que el distrito es paso obligado de aquellos extranjeros que, desde el aeropuerto, se trasladan a los puntos turísticos principales de la capital. Con eso en mente y en un intento efectivo de lograr mejorar la imagen de San Isidro, el anterior alcalde realizó una obra sin precedentes sobre la Avenida Sánchez Carrión en la que se muestran todas las banderas de los países que tienen su embajada en el distrito. Llamó a este proyecto: El paseo de las naciones.

Claro que un distrito que alberga treinta embajadas y diecinueve residencias de embajadores no podía dejar de lado la representación internacional que tiene. Por eso, tal y como expone la revista “Caretas” y siguiendo un largo trámite con el gobierno, logró condecorar al distrito de San Isidro como Comunidad Internacional.

Está claro: hay aún muchos cambios por hacer y, habiendo terminado su gestión el señor Salmón, queda en manos del actual alcalde, Antonio Meier, continuar con las obras y los proyectos que se estaban llevando a cabo para así no truncar, como generalmente pasa, el progreso de una comunidad que tiene el potencial necesario para liderar el sistema municipal de otros distritos de la ciudad y del país.

¿Tirar la toalla?

Escuchaba a Rafo León hablar, la semana pasada, sobre lo poco que puede hacer la humanidad acerca de los evidentes cambios climáticos que azotan y afectan gran parte del mundo. Veía asombrado cómo proponía, sin más preámbulos, tirar la toalla y no hacer nada más que disfrutar los últimos años de vida que le queda al planeta.

Por suerte Rafo León no es más que un pseudo-periodista “aventurero” (lo pongo entre comillas porque eso de viajar en una 4x4 del año alrededor de carreteras y pasear por trochas para llegar a pueblitos totalmente civilizados no sé, aún, qué tanto aventurero puede ser). Igualmente, se jacta de ser gran admirador de las bellezas naturales del país (amenazados por el calentamiento global, por cierto) y con su programa promete promover la posibilidad de que nosotros, los peruanos, visitemos los recónditos pueblos “perdidos” de la sierra. No entiendo cómo él, que debería ser el primero en entusiasmar al grupo de señoras que leen la China Tudela en el Caretas a hacer algo por el planeta, nos propone tirar la toalla y dejar que los paraísos que defiende en su programa, desaparezcan en un par de décadas a las fauces hambrientas del ya nombrado y publicitado calentamiento global.

¿No será que el señor León tiene ya un contrato firmado con una televisora local para hacer otro tipo de programa? ¿Habrá tirado la toalla él para dedicarse a promover y conocer otro tipo de realidades que no estén amenazadas por la naturaleza y por eso nos invita a concentrarnos en otros asuntos? ¿Hablará de computadora quizá? ¿O un show de espectáculos?

Prefiero, realmente, que Macchu Picchu no salga elegido como una de las siete maravillas del mundo y que se utilice el dinero gastado en esas campañas para concientizar a la sociedad a poner su grano de arena para contrarrestar esta bien llamada epidemia que, así como dice Al Gore, “no está viniendo; ya está aquí”. Yo, por mi parte, no voy a tirar la toalla. Dedicaré todo el tiempo que pueda a realizar los cambios en mi vida para poder salvar este planeta del que hemos abusado tanto. Al menos así podré dormir en las noches sabiendo que aporté a que mis hijos disfruten de una vida ilimitada, así como yo la viví y la estoy viviendo.

Usted, señor León, tal vez debería dedicarse a tirar la toalla en otros aspectos, como, por ejemplo, escribir. Si estuviera en sus zapatos le daría la posibilidad de publicar libros a jóvenes literatos que no plagian el trabajo de otros y que, ellos sí, podrán disfrutar de un planeta que dure un poco más de lo usted propone. Al final y al cabo, a usted no le queda mucho tiempo, ¿no?

Un futuro prometedor

Viernes, nueve de la mañana. Entre el bullicio de los turistas que entran y salen del lobby de un lujoso hotel sanisidrino, una mano nos llama la atención. Andrea viste de deportes, nos saluda afectuosamente y denota un clarísimo carisma que no deja de sorprenderme. “Es la primera vez que me entrevistan, ¡qué miedo!”, nos dice como alertándonos de un posible nerviosismo incontrolable. Luego de un fructífero desempeño en el área hotelera de Europa, Andrea Peña (Lima, 32) regresa a su tierra natal con una revolucionaria idea de hoteles y resorts en los lugares más recónditos , pero paradisíacos, de nuestro país.

Empecemos por algo bastante, obvio. ¿Cómo ves Lima luego de seis años de ausencia?

Más que nada desordenado. No sé, todo el mundo anda preocupado todo el día. Seis años no es bastante tiempo como para poder notar un cambio marcado en un país, tanto para bien o para mal. Las cosas que veía cuando me fui de Lima, las veo más o menos igual ahora que regresé.

Pero hay cosas de las que uno se olvida.

Sí. Por suerte jamás de olvidé de la cocina porque mi esposo hace unos platos criollos maravillosos. (Risas). Digamos que más que nada me he olvidado de los pequeños detalles de la ciudad, que no la definen. Por ejemplo me había olvidado de esos afiches chicha negros con letras de neón que anuncian conciertos de tecnocumbia. Esos detallitos que nos hacen ser como somos, aunque, por suerte, nunca me olvidé de lo esencial.

Hablas sobre los afiches negros con luces de neón tan propios de nuestra cultura chicha, pero dices que no nos definen; entonces ¿qué nos define?

Claro que todo nos define, pero yo no identifico a Lima por los carteles chicha, sino por otras cosas.

¿Como qué?

La gente y el calor que se vive aquí… en Europa la gente tiende a ser mucho más fría, calculadora, como que no tuviesen sentimientos. Una vez que los conoces y conoces sus códigos te das cuenta que es gente maravillosa, sino me hubiese sido imposible vivir ahí tantos años.

¿Los europeos son más confiables que los peruanos?

Hay de todo. Digamos que los europeos, burocráticamente, tienden a ser más transparentes. No existen las coimas, los regateos, los amarres, las varas… la criollada definitivamente no es parte de su cultura. Por otro lado, el peruano es mucho más honesto con sus sentimientos; no tenemos problema en decirle a otra persona cómo nos sentimos, o mostrar nuestra furia o nuestra alegría. Los europeos en ese sentido con más pueriles e introvertidos.

Cualquiera diría que los europeos se parecen a los orientales.

Es que tienen mucho de los orientales. Sobretodo el respeto al prójimo. En Europa hay un respeto tajante a la integridad del ser humano como tal.

¿Y en Latinoamérica no hay eso?

No está tan establecido como allá. Digamos que existe, pero es tácito. Depende de cada uno, el gobierno no te está presionando para que respetes ese derecho y te hagas respetar.

¿Entonces por qué vemos a los skin heads en Alemania que atemorizan a los ciudadanos que no se parecen a ellos?

Porque para que Europa llegue a ser lo que es, ha tenido que sufrir mucho y ha tenido que cometer muchos errores. Este tipo de desadaptados son el rezago de lo podrido que alguna vez fue Europa.

Hablemos de tu regreso. Vuelves en un momento cúspide de tu carrera.

Por suerte sí. Hemos trabajado muchísimo, tanto Enrique como yo (Enrique Fox, socio de Andrea) y hemos logrado cosas impresionantes, que ninguno de los dos jamás soñamos. Sin embargo, empezamos a ver que en Europa andábamos patinando un poco sobre lo mismo. Aunque nos iba genial, nos faltaba el cambio de escenario.

¿Y el Perú te da eso?

¡Claro que sí! El Perú está en una vorágine turística impresionante. La tasa de turismo va creciendo cada vez más. Lo que queremos hacer con Enrique es empezar una cadena de resorts en lugares no conocidos por los extranjeros.

¿Y por qué no empezar por un lugar seguro? Lima o Cusco, por ejemplo.

Porque sería repetir la misma rutina europea. ¡Qué aburrido! Además ya no es tan fácil entrar al mercado hotelero en ciudades donde las grandes cadenas ya tienen los ojos puestos o ya están establecidas. Nosotros queremos ir a lugares donde las grandes cadenas no se atreven a ir.

¿Como Ayacucho?

Por ejemplo, aunque nos gustaría empezar por la selva.

Esa receta me suena a conocida. ¿Inkaterra no tiene la misma propuesta?

Desde afuera sí, pero esencialmente no. Inkaterra es un resort de aventura pero está dedicado a cierto tipo de público: NSE A o B, de muchísimo dinero. Nosotros queremos hacer un Friends & Family Resort, con diferentes propuestas de diversión, para que los turistas que vayan se diviertan al máximo con actividades recreativas, juegos, bailes típicos. A través de la recreación conocerán nuestra cultura.

Es un proyecto ambicioso.

Sí, pero es común decir que los proyectos ambiciosos son imposibles. El ámbito hotelero está lleno de retos y destacar es muy difícil, pero es lo más gratificante.

Nos despedimos y le deseamos la mejor de las suertes. Muchos dirán que dejar un envidiable cargo en una de las cadenas hoteleras más grandes del mundo es sinónimo de locura. Viniendo de Andrea, sin embargo, no nos sorprende. La vemos desaparecer entre el bullicio de la gente del hotel. Antes de ir a trabajar en su enorme proyecto hotelero, que está a puertas de ver la luz, tiene que ir a hacer un poco de ejercicio. “ Para mantener la línea”, dice.

La matanza de Virginia Tech y la profunda crisis educativa de EE.UU.

De un tiempo a esta parte, Estados Unidos ha pasado de ser una nación modelo que encabezaba el movimiento liberal del mundo, a ser un país resentido, culpable de miles de muertes, en la mira de los grupos extremistas y terroristas y, sobretodo, con una profunda y grave crisis social. Si dejamos de lado por un momento todo el tema que circunda la guerra en Iraq y realizamos un enfoque sobre lo que en realidad pasa puertas adentro, podremos ver que el sistema educativo, en algún momento líder mundial, no es, seguramente, tan efectivo como parecía.

Cho Seung-Hui, el joven surcoreano que decidió acabar con la vida de treintaitrés personas, incluyendo la suya, en Virginia Tech, tenía un claro desbalance psicológico; eso está claro. Lo que hizo lo hizo desde la venganza y el odio y ha quedado pintado por los medios estadounidenses como un monstruo en desbande que ningún sistema educativo pudo controlar.

Sin embargo, tal y como lo cuenta ABC News, no podemos dejar de lado el hecho de que Cho Seung-Hui vivó desde los ocho años en Virginia junto con su familia. Seguro que llegó a Norteamérica como los miles de inmigrantes que pasan por las puertas del atractivo país. Gran parte de su infancia y toda su adolescencia, en definitiva, fue dentro del sistema educativo de Estados Unidos. Éste es conocido por ser una mezcla entre la libertad de expresión y la opresión de parte del gobierno. Digamos que hasta los 21 años, los adolescentes norteamericanos viven como encapsulados dentro de un sistema que no les permite experimentar, con la libertad que ellos prometen, las vivencias propias del crecimiento. No es de sorprenderse, claro, que cuando llegan a la edad apropiada, de pronto, dejan de existir los límites y tienen las puertas abiertas para hacer con su vida lo que soñaron con hacer toda su infancia.

Está claro, entonces, que no podemos dejar de lado la realidad. Cho vivió durante quince años en una sociedad en la que fue amoldándose pero que, en definitiva, le era ajena. Seguramente (y digo seguramente porque es lo que le pasa al 90% de los escolares que reciben la educación estatal, según los últimos sondeos del gobierno norteamericano) el asesino no recibió ni la educación personalizada necesaria y prometida, ni el tratamiento psicológico (o psiquiátrico en todo caso) que hubiese identificado el desorden que claramente tenía. Por eso no podemos culpar como protagonista a la facilidad en la que cualquier ciudadano puede comprar un arma, aunque no deja de ser personaje secundario de esta verdadera crisis social.

Desde la educación, tanto escolar como familiar, es que los desastres que sacuden al mundo pueden ser evitados. Cho fue un niño que seguramente vivió martirizado y excluido por una sociedad que, si bien ya no se autoproclama racista, sigue creando diferencias sociales marcadas y crueles. Muchos sistemas educativos alrededor del mundo dicen haberlo tomado como base y en las conferencias educativas alrededor del planeta, siempre hay dos o tres ponentes norteamericanos hablando sobre las maravillas de la realidad educativa del país. Sin embargo, en otros países, a mayor o menor escala, no ocurre lo que ocurre constantemente en Estados Unidos. Según la revista Somos, desde 1996, ha habido treintaidós tiroteos en diferentes universidades y colegios donde han muerto más de cien personas. Lo sorprendente del caso es que casi el 40% de los asesinos no llegaban a los 16 años.

Tal vez no fue una buena idea que Cho haya venido con su familia a Estados Unidos. Tal vez ellos debieron quedarse en Corea y ahí vivir con la plenitud y felicidad que seguramente buscaban al emigrar a Norteamérica. Sin embargo, nadie los puede culpar. A quien sí pueden culpar es a Cho, que apretó el gatillo y acabó con la vida de treintaidós inocentes que su único crimen fue ir a clases ese día, como todos los demás. En ellos y en su memoria, deberá quedar el testimonio de que Estados Unidos, hace mucho tiempo, ya no es el paraíso.

Viaje a Nueva Zelanda

Hace unos meses, escapando un poco de la rutina citadina y aprovechando unas ofertas que me ofrecía la tarjeta de crédito con la que trabajo, compré un paquete de vacaciones a las playas de Nueva Zelanda, empujado un poco por la insistencia de mi mujer con quien tengo el compromiso, desde hace algunos años, de conocer un rincón del mundo totalmente ajeno a nosotros. Fue, seguramente, la mejor semana de nuestras vidas. Nueva Zelanda es, sin duda, uno de los puntos del planeta más impresionantes y la variedad de parajes que tiene no tiene comparación con ningún otro sitio que haya visto jamás.

Algo ya cansados del trajín diario de los paseos, tours y demás viajecillos tanto impresionantes como cansadores, una amiga neozelandesa, a quien tuve la suerte que conocer por trabajo en el Perú, nos convenció en invertir nuestro último día en alquilar un automóvil y manejar doscientos kilómetros hasta una playa paradisíaca no muy lejos de ahí para poder descansar sin el temor del paseo que vamos a perder o del tren al que no vamos a llegar. Nos pareció tan atractiva la propuesta que esa misma tarde alquilamos el automóvil y al día siguiente temprano salimos por la carretera que nos habían aconsejado seguir. A unos ochenta kilómetros de la ciudad, una camioneta de la policía nos hizo señas para detenernos. Algo acostumbrados a la realidad de tránsito de nuestro país, no me había dado cuenta que el límite de velocidad era menor al que en realidad estaba yendo y, sin ningún tipo de reflexión, el oficial me puso una papeleta. La verdad es que nuestra partida al día siguiente y el deseo de pasar un día sin horarios ni compromisos hicieron que nos olvidáramos que pagar la multa y regresamos de vuelta a Lima sin ningún problema.

Sin embargo, algunas semanas después de haber llegado, cuando ya estábamos de vuelta en la rutina citadina de la que habíamos escapado, recibimos en casa un sobre sellado del Consulado de Nueva Zelanda en el Perú, dentro del cual se encontraba nada más y nada menos que la bendita papeleta que efectivamente no habíamos pagado y que iba acompañada por un manual de pagos a través del cual te ofrecía cancelar el monto total vía Internet, dando el número de tarjeta de crédito, haciendo una transferencia a una cuenta o pagando en efectivo en la caja del consulado. Fue tal mi sorpresa y tal mi gusto por la efectividad del sistema neozelandés que pagué mi multa esperando que en algún futuro no muy lejano podamos acercarnos a poder contar con ese tipo de vida que mejore todos los sistemas que tenemos. Algún día, tal vez, no tendremos que pasar diez años en un juicio porque un desconocido falsificó tu título de propiedad y lo vendieron dejándote en la calle. Mis aplausos a Nueva Zelanda, un país que no se cubre con el sensacionalismo con el que se cubre Estados Unidos y que no tiene absolutamente nada que envidiarle a ese país. Esperemos poder lograr ese sueño del que somos tan capaces.

El liberalismo de Shakespeare

William Shakespeare se retorcería en su tumba, en alguna fosa perdida de Inglaterra, si supiese que hoy los tiempos han cambiado. Si bien en la época del Renacimiento, momento cúspide de las artes en el mundo, a las mujeres no se les permitía estar sobre las tablas, su presencia en las obras de teatro del inglés, aunque escasa, era sumamente importante. Por eso afirmo que Shakespeare no podría creer que hoy miles de mujeres alrededor del mundo brillan en el escenario como cualquier otro actor reconocido del Lord Chamberlain’s Men con el que se hicieron tan famosos en la corte británica. Con esto, sin embargo, no trato de probar que Shakespeare fue un conservador acérrimo a mantener las formas mandadas por la monarquía, más bien me inclino a pensar todo lo contrario. Sin embargo, no podemos cegarnos y decir que el ser humano vive inmune a los parámetros morales de la época en la que vive o que la sociedad no influye sobre el individuo sin dejar de moldear su forma de ser. Sí, bajo la mirada liberal del mundo de hoy, William Shakespeare fue machista.

Está claro que no podemos desligarnos de nuestro pasado y la realidad es que nuestra historia está manchada de un pasado que daba una clara preferencia al hombre. También sabemos que hoy en día sigue habiendo un claro pensamiento callado que intenta plasmar las diferencias entre los sexos. Sin embargo, las revoluciones fueron creadas para cambiar el modo de pensar de la sociedad. Sin eso, el “I have a dream” de Martin Luther King Jr. no hubiese sido el detonante de una serie de eventos que terminaron por declarar, abiertamente, que tanto los negros como los blancos pueden vivir pacíficamente en el mismo país. Hay excepciones, claro.

De un tiempo a esta parte, la sociedad, aunque en la práctica muchas veces veamos lo contrario, condena abiertamente el racismo. Lo mismo no ocurre con el machismo (y el feminismo también) puesto que entran en juego las características propias de cada sexo. Sin embargo, el respeto por las propias cualidad de los hombres y de las mujeres no está moralmente errada, pero cuando ésta empieza a tapar las posibilidades tanto profesionales como sociales de la mujer (o del hombre), empezamos a revivir el pasado ridículo con el que fueron criados nuestros ancestros. Sólo así, Shakespeare podría descansar tranquilo a sabiendas de que, si bien vivió hundido en una serie de mandatos ancestrales, su buen mandado liberalismo, finalmente, dio frutos.