Lunes, cinco de la mañana. La muchedumbre que adorna las calles de la Parada aparentan ser cuerpos inertes que se mueven a una velocidad pausada, como zombies en un mundo imaginario, todos con una meta en común: trabajar. Algunos de ellos compran fruta para vender en los mejores distritos de Lima, otros compran lapiceros, otros juguetes; existen los que se dedican a vender el mismo producto en las calles, otros van variando, se cansan de vender lo mismo, ofrecen lo que encuentran. Entre ellos, escondido entre la gama de grises que adornan el interminable espacio, camina Francisco Gutiérrez, un hombre de 43 años que, como todos los días y como todos los demás, empieza su jornada laboral en la Parada comprando discos compactos que venderá a lo largo del día en la esquina de siempre: Paseo de la República y Aramburú.
Así como Francisco, miles de vendedores ambulantes se dedican a ofrecer al consumidor decenas de discos de la música actual, la que sale en las radios, la que no se vende en las tiendas legales por costar 1,000% más que las que ofrecen Francisco y sus compatriotas, a quien muchos acusan de ser los causantes de tirarse abajo la industria fonográfica y cinematográfica. “Se equivocan”, nos dice Francisco. “Acá de vez en cuando viene Serenazgo y nos quita lo que nosotros vendemos… abusivos son, no nos dejan trabajar”. Pero Francisco alega que ellos no están haciendo nada malo. “Ya nos han dicho que esto es ilegal, que nos pueden meter a la cárcel, pero nadie nos va a meter a la cárcel porque primero tienen que meter a la cárcel a los que hacen los discos, pues”.
Francisco no sabe nada ni ha visto nada; él le compra los discos a una persona que a su vez se lo compra a otra y a otra y a otra, lo cual hace casi imposible encontrar al último culpable, al verdadero distribuidor, al magnate (uno sólo) que se está haciendo millonario con esta industria destruida. Al preguntarle a Francisco sobre esta destrucción, él responde: “pero si esos artistas tienen mucha plata, hasta les sobra… ¿por qué no nos dejan trabajar a nosotros también?” Razón no le falta, respuesta facilista, pero válida desde el punto de vista de nuestro trabajador.
Y así seguirán todos: los que venden, los que fabrican, los que de algún modo ayudan a combatirlo, los que detienen, los que confiscan y a los que les provoca, de pronto, escuchar música cuando van en su auto en el cruce de Paseo de la República con Aramburú y deciden, sin mayor precedente, bajar la luna… “¿cuánto está ese?”
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