Hace unos meses, escapando un poco de la rutina citadina y aprovechando unas ofertas que me ofrecía la tarjeta de crédito con la que trabajo, compré un paquete de vacaciones a las playas de Nueva Zelanda, empujado un poco por la insistencia de mi mujer con quien tengo el compromiso, desde hace algunos años, de conocer un rincón del mundo totalmente ajeno a nosotros. Fue, seguramente, la mejor semana de nuestras vidas. Nueva Zelanda es, sin duda, uno de los puntos del planeta más impresionantes y la variedad de parajes que tiene no tiene comparación con ningún otro sitio que haya visto jamás.
Algo ya cansados del trajín diario de los paseos, tours y demás viajecillos tanto impresionantes como cansadores, una amiga neozelandesa, a quien tuve la suerte que conocer por trabajo en el Perú, nos convenció en invertir nuestro último día en alquilar un automóvil y manejar doscientos kilómetros hasta una playa paradisíaca no muy lejos de ahí para poder descansar sin el temor del paseo que vamos a perder o del tren al que no vamos a llegar. Nos pareció tan atractiva la propuesta que esa misma tarde alquilamos el automóvil y al día siguiente temprano salimos por la carretera que nos habían aconsejado seguir. A unos ochenta kilómetros de la ciudad, una camioneta de la policía nos hizo señas para detenernos. Algo acostumbrados a la realidad de tránsito de nuestro país, no me había dado cuenta que el límite de velocidad era menor al que en realidad estaba yendo y, sin ningún tipo de reflexión, el oficial me puso una papeleta. La verdad es que nuestra partida al día siguiente y el deseo de pasar un día sin horarios ni compromisos hicieron que nos olvidáramos que pagar la multa y regresamos de vuelta a Lima sin ningún problema.
Sin embargo, algunas semanas después de haber llegado, cuando ya estábamos de vuelta en la rutina citadina de la que habíamos escapado, recibimos en casa un sobre sellado del Consulado de Nueva Zelanda en el Perú, dentro del cual se encontraba nada más y nada menos que la bendita papeleta que efectivamente no habíamos pagado y que iba acompañada por un manual de pagos a través del cual te ofrecía cancelar el monto total vía Internet, dando el número de tarjeta de crédito, haciendo una transferencia a una cuenta o pagando en efectivo en la caja del consulado. Fue tal mi sorpresa y tal mi gusto por la efectividad del sistema neozelandés que pagué mi multa esperando que en algún futuro no muy lejano podamos acercarnos a poder contar con ese tipo de vida que mejore todos los sistemas que tenemos. Algún día, tal vez, no tendremos que pasar diez años en un juicio porque un desconocido falsificó tu título de propiedad y lo vendieron dejándote en la calle. Mis aplausos a Nueva Zelanda, un país que no se cubre con el sensacionalismo con el que se cubre Estados Unidos y que no tiene absolutamente nada que envidiarle a ese país. Esperemos poder lograr ese sueño del que somos tan capaces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario