sábado, 26 de mayo de 2007

La matanza de Virginia Tech y la profunda crisis educativa de EE.UU.

De un tiempo a esta parte, Estados Unidos ha pasado de ser una nación modelo que encabezaba el movimiento liberal del mundo, a ser un país resentido, culpable de miles de muertes, en la mira de los grupos extremistas y terroristas y, sobretodo, con una profunda y grave crisis social. Si dejamos de lado por un momento todo el tema que circunda la guerra en Iraq y realizamos un enfoque sobre lo que en realidad pasa puertas adentro, podremos ver que el sistema educativo, en algún momento líder mundial, no es, seguramente, tan efectivo como parecía.

Cho Seung-Hui, el joven surcoreano que decidió acabar con la vida de treintaitrés personas, incluyendo la suya, en Virginia Tech, tenía un claro desbalance psicológico; eso está claro. Lo que hizo lo hizo desde la venganza y el odio y ha quedado pintado por los medios estadounidenses como un monstruo en desbande que ningún sistema educativo pudo controlar.

Sin embargo, tal y como lo cuenta ABC News, no podemos dejar de lado el hecho de que Cho Seung-Hui vivó desde los ocho años en Virginia junto con su familia. Seguro que llegó a Norteamérica como los miles de inmigrantes que pasan por las puertas del atractivo país. Gran parte de su infancia y toda su adolescencia, en definitiva, fue dentro del sistema educativo de Estados Unidos. Éste es conocido por ser una mezcla entre la libertad de expresión y la opresión de parte del gobierno. Digamos que hasta los 21 años, los adolescentes norteamericanos viven como encapsulados dentro de un sistema que no les permite experimentar, con la libertad que ellos prometen, las vivencias propias del crecimiento. No es de sorprenderse, claro, que cuando llegan a la edad apropiada, de pronto, dejan de existir los límites y tienen las puertas abiertas para hacer con su vida lo que soñaron con hacer toda su infancia.

Está claro, entonces, que no podemos dejar de lado la realidad. Cho vivió durante quince años en una sociedad en la que fue amoldándose pero que, en definitiva, le era ajena. Seguramente (y digo seguramente porque es lo que le pasa al 90% de los escolares que reciben la educación estatal, según los últimos sondeos del gobierno norteamericano) el asesino no recibió ni la educación personalizada necesaria y prometida, ni el tratamiento psicológico (o psiquiátrico en todo caso) que hubiese identificado el desorden que claramente tenía. Por eso no podemos culpar como protagonista a la facilidad en la que cualquier ciudadano puede comprar un arma, aunque no deja de ser personaje secundario de esta verdadera crisis social.

Desde la educación, tanto escolar como familiar, es que los desastres que sacuden al mundo pueden ser evitados. Cho fue un niño que seguramente vivió martirizado y excluido por una sociedad que, si bien ya no se autoproclama racista, sigue creando diferencias sociales marcadas y crueles. Muchos sistemas educativos alrededor del mundo dicen haberlo tomado como base y en las conferencias educativas alrededor del planeta, siempre hay dos o tres ponentes norteamericanos hablando sobre las maravillas de la realidad educativa del país. Sin embargo, en otros países, a mayor o menor escala, no ocurre lo que ocurre constantemente en Estados Unidos. Según la revista Somos, desde 1996, ha habido treintaidós tiroteos en diferentes universidades y colegios donde han muerto más de cien personas. Lo sorprendente del caso es que casi el 40% de los asesinos no llegaban a los 16 años.

Tal vez no fue una buena idea que Cho haya venido con su familia a Estados Unidos. Tal vez ellos debieron quedarse en Corea y ahí vivir con la plenitud y felicidad que seguramente buscaban al emigrar a Norteamérica. Sin embargo, nadie los puede culpar. A quien sí pueden culpar es a Cho, que apretó el gatillo y acabó con la vida de treintaidós inocentes que su único crimen fue ir a clases ese día, como todos los demás. En ellos y en su memoria, deberá quedar el testimonio de que Estados Unidos, hace mucho tiempo, ya no es el paraíso.

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