sábado, 26 de mayo de 2007

El liberalismo de Shakespeare

William Shakespeare se retorcería en su tumba, en alguna fosa perdida de Inglaterra, si supiese que hoy los tiempos han cambiado. Si bien en la época del Renacimiento, momento cúspide de las artes en el mundo, a las mujeres no se les permitía estar sobre las tablas, su presencia en las obras de teatro del inglés, aunque escasa, era sumamente importante. Por eso afirmo que Shakespeare no podría creer que hoy miles de mujeres alrededor del mundo brillan en el escenario como cualquier otro actor reconocido del Lord Chamberlain’s Men con el que se hicieron tan famosos en la corte británica. Con esto, sin embargo, no trato de probar que Shakespeare fue un conservador acérrimo a mantener las formas mandadas por la monarquía, más bien me inclino a pensar todo lo contrario. Sin embargo, no podemos cegarnos y decir que el ser humano vive inmune a los parámetros morales de la época en la que vive o que la sociedad no influye sobre el individuo sin dejar de moldear su forma de ser. Sí, bajo la mirada liberal del mundo de hoy, William Shakespeare fue machista.

Está claro que no podemos desligarnos de nuestro pasado y la realidad es que nuestra historia está manchada de un pasado que daba una clara preferencia al hombre. También sabemos que hoy en día sigue habiendo un claro pensamiento callado que intenta plasmar las diferencias entre los sexos. Sin embargo, las revoluciones fueron creadas para cambiar el modo de pensar de la sociedad. Sin eso, el “I have a dream” de Martin Luther King Jr. no hubiese sido el detonante de una serie de eventos que terminaron por declarar, abiertamente, que tanto los negros como los blancos pueden vivir pacíficamente en el mismo país. Hay excepciones, claro.

De un tiempo a esta parte, la sociedad, aunque en la práctica muchas veces veamos lo contrario, condena abiertamente el racismo. Lo mismo no ocurre con el machismo (y el feminismo también) puesto que entran en juego las características propias de cada sexo. Sin embargo, el respeto por las propias cualidad de los hombres y de las mujeres no está moralmente errada, pero cuando ésta empieza a tapar las posibilidades tanto profesionales como sociales de la mujer (o del hombre), empezamos a revivir el pasado ridículo con el que fueron criados nuestros ancestros. Sólo así, Shakespeare podría descansar tranquilo a sabiendas de que, si bien vivió hundido en una serie de mandatos ancestrales, su buen mandado liberalismo, finalmente, dio frutos.

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