Ayer, durante el desalojo de los invasores del mercado de Santa Anita, observé con sorpresa la reacción de un niño de no más de diez años, que lloraba desolado llevando las pocas pertenencias que había podido recuperar mientras repetía una y otra vez: “Es injusto… esto es injusto”. Cuando se acercaron las cámaras y la reportera le hizo algunas preguntas indagatorias, el niño sólo alcanzó a decir: “…pero me voy a vengar. Cuando sea grande me voy a vengar”, y se fue caminando por la tierra llorando desconsolado, cargando dos baldes de agua y un colchón maltrecho cortado por la mitad esperando, tal vez, la anhelada venganza que justifique la espera de tantos años. “Cuando sea grande”, dice.
Estaría de más decir que ese niño probablemente durmió en la intemperie, no comió nada en todo el día y no tuvo otra opción que cubrirse con papel periódico para resguardarse del frío que, justamente anoche, fue excepcionalmente crudo. Seguro se quedó dormido mientras el viento imperturbable secaba sus lágrimas y aún maldecía entre dientes la realidad que le tocó vivir. Tal vez soñó con la venganza. Tal vez esta mañana despertó sin llorar y con el estómago vacío y se levantó y siguió caminando con los suyos, con los dos baldes, ahora vacíos, y el colchón maltrecho que anoche soportó su odio y sus sueños.
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