Darío Fo decía que todos hemos sido ladrones en algún momento de nuestras vidas: hemos robado ilusiones, chistes, sonrisas. Remataba su apreciación diciendo que la picardía y el humor, sin embargo, nos demuestra que, a la larga, somos inocentes. Pocos puedes afirmar que jamás en su vida han comprado algún producto pirata. Hasta los más puritanos han sido tentados por ver esa película que salió en el cine y que no logran enganchar en el cable, o por ese CD que el bolsillo no nos permite, generalmente, desembolsar tanto para adquirirlo.
Sin embargo, el comprador de piratería, ya sea un libro, un CD o un DVD, no conoce realmente la enorme industria que va matando con cada página que lee o con cada canción que adquiere en la esquina a un mucho menor precio del que encontraría en la tienda. Cada película, por ejemplo, implica una enorme cantidad de técnicos, actores, directores y productores que la crean, otros miles de involucrados en la fabricación de eso que se vende, más los distribuidores y los mismo vendedores legales que se ven obligados a cerrar sus tiendas para poder subsistir en una sociedad que se niega a reconocerlos. Pueden matar a todos los violadores de niños que encuentren, encarcelar a los ladrones y a los hackers y a todos los congresistas corruptos que quieran, pero jamás, en la historia del mundo, se ha sentenciado a un comprador que gasta cinco soles en comprar el último CD en el kiosco de la esquina.
Por algo la piratería se ha vuelto tan legal que se vende en todas las esquinas de la ciudad a vista y paciencia de las autoridades que, desde las ventanas de su camionetas cuatro por cuatro, hasta voltean la mirada para divisar los últimos hits tropicales o las últimas producciones de los más conocidos artistas pop del mundo. Si la demanda no disminuye, jamás lograremos detener la compra ilegal y el robo intelectual a cientos y miles de directores, actores, escritores, literatos y músicos que se ven (o se verán, a este paso) obligados a dedicarse a otro tipo de aficiones para poder llevar el pan a la mesa, porque cuando se va la fama, las joyas, las regalías y los millonarios contratos, sólo quedan bocas hambrientas que alimentar y una mesa con platos de vacíos que añoran con un pasado que no se ve reflejado en su presente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario