martes, 27 de marzo de 2007

Los sueños rotos que causa la piratería

Siempre terminan ganando los más tramposos y sufriendo las penurias los más honrados: es una ley natural del ser humano. Aunque tenga que pasarme tres horas frente a la pantalla intentando producir un trabajo digno de ser presentado, habrá alguien que en dos minutos haga unos movimientos con el mouse de su computadora y en el menor tiempo posible haya rescatado algún texto perdido por la web y lo haya adoptado como propio. Lo que muchos seguramente no entienden es que las verdaderas víctimas de los plagios son los ladrones mismos, esos que, con cada texto entregado que no le pertenece, con cada jornada minúscula frente a la computadora y con cada resumen encontrado en cualquier sitio, que ojean sin demora para evitar tener que leer las cien páginas de esa novela aburrida, van decayendo, sistemáticamente, en su propia ignorancia.

Hace no mucho tiempo, una amiga mía se pasó dos semanas escribiendo una monografía decisiva para pasar uno de los últimos cursos de la universidad. Una tarde, revisando un borrador casi terminado en los laboratorios de informática de su casa de estudios, olvidó dentro de la computadora el diskette donde tenía guardado el trabajo. Pensó que su omisión sería totalmente inofensiva y, algunas noches de desvelo después, le entregó el documento revisado, releído e inmaculadamente impreso a su profesor.

Tal sería su sorpresa algunos días después cuando la llamaron de la dirección de la universidad a una reunión con el mismísimo decano. “Estaba tan bien escrito que me quieren premiar”, pensó, pues poca era su modestia después del arduo trabajo que significó redactar esa monografía. Estaba equivocada. Un misterioso y silencioso muchacho de su clase se había llevado el diskette a su casa y había entregado prácticamente el mismo trabajo que ella escribió con tanto sudor y el decano culpaba a los dos de haber falsificado el documento. El indecente ladrón, para colmo de males, juraba y perjuraba que el trabajo era de él y que era ella la que, de alguna manera, lo había robado y se había adjudicado la autoría. Decenas de trámites y cartas de por medio, y un par de noches en vela, me consta, la universidad le dio finalmente la razón y pudo pasar, justa y gloriosamente, ese curso con un diecisiete de promedio que la acercaba, poco a poco, a su tan anhelado título profesional.

Un ejemplo, como muchos, de que el robo intelectual puede destruir sueños en un instante.

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